Hay veces que pienso en como sería mi vida si nunca me hubiera mentido en ese magníico y adictivo mundo del Internet. Quizás mi vida sería más fácil -mis notas mejorarían-, y no tuviera tantos líos de cabeza. Porque quizás he avanzado psicológicamente gracias a poder tener acceso a toda la información que quisiera, cuando quisiera y como quisiera, en el formato que deseara.
Pero también ha traído sus ventajas, que a su vez han tenido consecuencias malas y consecuencias buenas. Normalmente más malas que buenas.
He hecho muchos amigos gracias a esto. He podido abrir mi mente y saber qué era lo que pasaba en mi país, y he podido encontrar a gente con la misma ideología que yo, o como mínimo parecida o concorde.
Pero esos amigos no siempre han perdurado, no siempre han valido la pena, y no siempre he sido la persona adecuada para llevar dicha amistad.
En una ocasión, varias peleas con la que yo creía mi mejor amiga me llevaron a una total ruptura de la comunicación.
Otra, no supe interpretar ese lenguaje que yo misma manejo, ese manejo del que yo misma hago gala y hace que mi egocentrismo crezca como la espuma. Me equivoqué tantas veces con esa persona -y me sigo equivocando- que muchas veces me planteo si realmente me vale la pena seguir adelante. Si me vale la pena seguir sufriendo. Y muchas veces pienso que no, y me hundo en la miseria, nuevamente, otra vez. Esto pasa una vez cada día. Y nunca se lo digo. Esa persona nunca lo sabe. Prefiero que lo ignore. Como tantos otros.
Muchos pensaréis que "a los 16 años no sabes lo que es el dolor". Quizás no el dolor físico, pero sí el dolor mental. Lo sé perfectamente.
Hay gente que ha llenado mi vida, que la ha hecho más amena y feliz, que me ha llenado la vida de color y se lo agradezco tanto que no podría expresarlo realmente con palabras. Me sacaron del agujero negro en el que estaba para darme una familia que, sinceramente, no me merezco.
Y es por eso que ahora estoy aquí, con los dedos tecleando, la luz anaranjada alumbrando mi escritorio, mi gata durmiendo en mi regazo, y un cappuccino a mi lado. Porque no hay nadie a mi alrededor.
El lapiz, sobre un folio encima de la alfombra.
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